jueves, 15 de septiembre de 2011

#5

Los últimos rayos del Sol bailaban traviesos mientras se escondían tras los tejados de las casas. Ella, asomada al balcón, miraba por encima de éstos diciéndose a sí misma que algún día fotografiaría esa bella imagen. Pero sabía que no lo haría. Recordaba lo que una vez le dijeron: "Lo verdaderamente hermoso se guarda con los sentidos, no con una máquina fotográfica. Los recuerdos son mucho más valiosos que cualquier objeto material". No pudo evitar que una oleada de tristeza le hiciese suspirar al recordar a la persona que le dijo aquéllo.
Pese a eso, no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando el sol se ocultó definitivamente a la misma vez que las campanadas de la iglesia del pueblo sonaban, como cada tarde de verano. Pero de pronto se sintió insignificante. Ninguno de sus amigos la había llamado en todo el verano, y el curso se le había hecho prácticamente inaguantable gracias al típico grupo de acosadoras, que la rodeaban los recreos y le echaban la culpa de todo. "Maltrato psicológico, se llama", pensaba. 
Cansada y triste, levantó la persiana para volver a meterse en casa. Ese día estaba sola, pues sus padres habían ido con su hermano a un viaje para ver a su familia, y no volverían hasta el día siguiente. Ella no había querido ir, pues no soportaba comentarios como "¿qué tal el curso?", "¿y los amiguitos?", "¿qué, ya tienes novio?"... Y tener que responder que todo iba bien con una sonrisa, y reír con sus bromas, cuando lo único que quería en realidad era encerrarse en su habitación para llorar y llorar.
Se sentía patética, abandonada e inmadura. Nada estaba bien. No se sentía guapa, ni lista, y además era una cobarde y una llorica.
Pero la verdad es que ella no era tan fea, quizás no una súper modelo, pero tenía un pelo rubio precioso, unos misteriosos ojos verde oscuro y sus notas no bajaban del siete. Pero aún así, ¿de qué le servía todo aquéllo si nadie prácticamente la quería?

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