martes, 16 de agosto de 2011

lunes, 15 de agosto de 2011

#2

No sé por qué me ha dado por escribir todo esto. Tengo a amigos sufriendo, a personas que quiero sufriendo... Y tienes esa sensación de que no puedes hacer nada por ellos, porque por más que lo intentes sólo eres una sonrisa en un abismo de oscuridad. Y nada de esto me hace gracia ni me gusta, pues los quiero demasiado para verles así... Pero aún así no puedo abandonarles.
Saben que deben seguir adelante con sus problemas, que nada de lo que les haya pasado ya o de lo que hayan sufrido importa, pues eso ya no puede arreglarse. Lo que importan son los de ahora, los que te hacen sufrir en este instante y que hay que ponerle todo tu empeño en remediarlos.
Todos hemos estado mal en nuestro momento; unos por unas cosas y otros por otras. Aun así no dejan de ser problemas paralelos y parecidos, por lo que todo el mundo sabe lo que se siente, pues nos ha pasado en algún momento de nuestra vida. Y ya puede ser por una enfermedad, una relación fallida, una amistad acabada, o simplemente sentirse rechazado o rechazada en algún sitio. Sin excepción todos hemos pasado por eso, unos más que otros, por lo que cuando digo algo sé de lo que estoy hablando exactamente.
Pero la gente no hace milagros, ni tiene una varita mágica con la que soluciona el problema en un abrir y cerrar de ojos. Cuesta mucho, y a veces duele, pero no por eso hay que abandonar, ni dejarse llevar poco a poco fingiendo estar bien. Hay que... superarlo.

#1

Todo comenzó el día que decidí ir a pasar la tarde con una amiga. Ambas estábamos por aquel entonces en el conservatorio, yo en saxofón y ella en piano, y al tener la misma edad coincidíamos en clase. Era verano, y por lo tanto el curso ya había terminado. Ella me había invitado a su casa a echar el día, hablando y haciendo las típicas chorradas que se hacen con doce años, como por ejemplo haber ido a su casa. Aunque estábamos juntas en el conservatorio, no lo estábamos en el colegio: cada una estaba en uno distinto, y ella incluso en un colegio de otro pueblo. Supongo que, poco a poco, ella junto con la madre fueron comiéndome la cabeza para que viese lo bien que se estaba en donde la chica estaba y, como yo había pasado un primero de E.S.O bastante malo donde me encontraba en ese momento, decidí cambiarme.

Apenas un mes antes de que el cuso empezase, la chica volvió a invitarme a su casa, como tantas otras veces ese verano. Mi madre se quedó hablando con la suya, y poco después nos llamaron para que ambas fuésemos también. Días antes, yo había hablado con mi madre sobre la posibilidad de cambiarme de colegio, y al parecer se lo había estado pensando. Esa fue la razón por la que fue a hablar con la madre de mi amiga: iba a cambiarme. ¡Por fin! Eso fue lo que pensé en ese momento, pero, ¡ay pobre de mí! Si yo hubiera sabido en ese momento... Quizás me lo hubiese pensado todo dos veces.