Hay días en los que, por más frío que haga, ni una y otra capa de ropa de abriga. Y es peor aún si ese frío es interno. Confiar en alguien para que, en cuanto te des la vuelta te diga: "Así demuestras lo que eres", ya que no has hecho lo que esa persona quería, es muy, muy triste. Personas que sólo te quieren cuando están solas y tan sólo necesitan un apoyo sobre el que sentirse superior, y luego pegarle la patada. Me llevo dando cuanta de esto desde hace varios meses, de que ya pasa de todo lo que tenga que ver conmigo. Sólo he de decir que esa misma persona se queja de la falsedad de la gente.
Porque no puedes decirle a alguien que eres quien más quieres y luego que, entre dos, se la ponga a parir. Por eso yo opto por la opción de callar, y así no me meto en ningún lío. Pero hay veces que la vena asoma por tu cuello cuando llevas razón y no puedes callarte. Quizás yo no sea la más indicada para decir esto, pero es hablar o reventar. ¿Por qué pasan estas cosas? Nunca entenderé la hipocresía de la gente. Quizás por eso no caiga bien como los demás; si algo no me gusta, lo digo y punto, no necesito fingir. Aunque eso no signifique que no lo respete, pues eso es lo primero que hay que tener en esta vida: respeto. Pero mucha, demasiada, gente carece de ello y sólo por una mala impresión ya te hace la vida imposible durante años y años. Hasta que explotas.
Y, el día que explotas, te llevas por delante todo lo que se encuentre en medio. Lo sé simplemente por el hecho de que me ha pasado. Llega un momento en el que te da igual decir lo que sea, o hacer daño, pues llevas demasiado tiempo mordiéndote la lengua y tu mente, corazón y autoestima no pueden más. ¿Y es que acaso lo he perdido todo? Para nada, simplemente me ha servido para saber quién no va a abandonarme jamás. Porque ahora entiendo la frase de: "Los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano".
En realidad sólo te hace falta el dedo índice para contarlos.